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Los elementos de la fuerza vital.

En el escrito anterior nos hemos referido a los trabajos del Doctor Charles W. Littlefield, ya que fue un científico excepcional en el campo de la biología. En concordancia con nuestros estudios de esta ocasión, referentes en parte a la actividad celular, te proponemos que leas lo que ha escrito sobre el núcleo que se encuentra en el centro de cada célula, sea éste visible o no. Como podrás constatar, las observaciones del Dr. Littlefield están totalmente de acuerdo con las explicaciones que sobre el tema encontrarás en este escrito.

“Debido a la creencia abusiva en la posibilidad de explicar todos los fenómenos vitales mediante la actividad del protoplasma, se ha restado importancia a la presencia del núcleo dentro de la célula. Tal era la actitud científica de la biología, en lo que concierne al protoplasma y al núcleo de las células, cuando el famoso Dr. Huxley escribió su célebre ensayo sobre “El lugar del hombre en la naturaleza“ y su libro “Las bases físicas de la vida!.

Desde entonces, los métodos de estudio de las células se han desarrollado enormemente y los investigadores, sirviéndose del microscopio, han descubierto que las células poseían núcleos que aún no habían percibido. Finalmente, llegaron a la conclusión de que ninguna célula puede vivir sin núcleo, a lo cual nosotros agregamos que el protoplasma no puede vivir sin una o varias células. En realidad podemos afirmar que las células viejas que han perdido su actividad carecen de núcleo, en tanto que las que se encuentran en plena actividad poseen este elemento esencial.

Ha quedado demostrado por experiencias específicas, que toda célula a la que se le extirpa el núcleo pierde inmediatamente toda actividad. Otras fueron seccionadas en diversas partes y, cuando esas partes poseían un núcleo o parte de un núcleo, la vida activa persistía en ellas, en tanto que en las partes sín núcleo, ésta cesaba rápidamente. Estos hechos demuestran de una manera concluyente que la sede de la vida está en el núcleo y que éste es, por tanto, el centro de la vida celular. Y además nos confirma que, para la continuidad de la vida y su reproducción, es en el núcleo donde se encuentra la fuerza de la célula y no en el protoplasma. Por lo tanto, no es cierto, como se complacían en decir los antiguos biólogos, que el protoplasma sea la base de la vida“.

Dr. Charles W. Littlefield (1859-1945)

Hoy continuaremos estudiando el asunto abordado en el escrito anterior y veremos de qué manera la Fuerza Vital opera en el hombre. No obstante, antes de comenzar esta investigación, es necesario definir en qué momento ésta penetra en su cuerpo para insuflarle la vida. Sin entrar en explicaciones detalladas que reservaremos para escritos futuros, podemos ya adelantar que, de acuerdo con la tradición mística, es en el momento de nacer, cuando el niño recibe esta energía cósmica. Para ser más precisos, diremos que esta energía penetra en el cuerpo en el instante mismo de la primera inspiración. Partiendo de este principio, los místicos consideramos que la muerte se produce en el momento del último suspiro, pues solo entonces la Fuerza Vital abandona definitivamente el cuerpo. Estas pocas explicaciones nos permiten comprender que la vitalidad del hombre está estrechamente vinculada a la respiración. Este hecho no debe sorprendernos, pues la ciencia también lo reconoce; pero veremos más adelante que los místicos hemos ido mucho más lejos que los científicos en sus análisis. Por el momento, examinaremos de qué manera la Fuerza Vital actúa en el organismo humano.

Los elementos de la fuerza vital.

Como ya sabemos, el cuerpo humano es un conjunto de huesos, tejidos, músculos y órganos compuestos por numerosas células. Desde el punto de vista fisiológico y místico, la vida que lo anima es el resultado de la actividad específica de cada una de éstas. Esto significa que la vitalidad física del ser humano es producto de la actividad celular de todo el organismo. Por eso la ciencia considera a la célula como la menor unidad de materia viviente, y como reflejo de todos los procesos biológicos que caracterizan a la vida orgánica. Por esto, ella es el microcosmos de la Vida Universal y constituyen en sí misma una criatura viviente, pues reúne los cuatro criterios que la ciencia exige para una clasificación general de los seres vivos:

  • Posee una vitalidad independiente;
  • Está dotada de una forma de consciencia;
  • Es capaz de crecer por el efecto de su propio metabolismo;
  • Puede reproducirse.

Ya hemos explicado que la vida es la manifestación terrenal de la energía universal a la que los místicos siempre dimos el nombre de “Fuerza Vital“. En el momento en el que esta energía penetra en el cuerpo del niño al nacer, genera instantáneamente la actividad de todas las funciones orgánicas. Es sólo a partir de entonces cuando podemos hablar de un ser verdaderamente vivo y consciente, ya que su vitalidad es desde ese momento totalmente independiente de la de su madre. A él le corresponde ahora mantener esta actividad, porque a partir del instante en que la Fuerza Vital anima el organismo humano, es necesario aportarle los elementos indispensables para su desarrollo y mantenimiento. ¿Cuáles son estos elementos? Como hemos visto, la respiración está estrechamente ligada a la vida en la mayor parte de las especies vivientes. Por lógica, esto nos confirma que el aire es uno de los elementos indispensables para la vida. Por otra parte, sabemos perfectamente que el hombre no puede vivir sin agua ni alimento, pues éstos son esenciales para su bienestar físico. Vemos así que la actividad de la Fuerza Vital depende de dos elementos fundamentales: el aire que respiramos y el alimento y el agua que absorbemos.

En las enseñanzas místicas designamos respectivamente como “Elemento A“ a la energía que el aire nos proporciona y como “Elemento B“, aquél que nos aporta el alimento y el agua que ingerimos.

El elemento “B“ de la Fuerza Vital está condensado, sobre todo, en la membrana exterior de cada célula; mientras que el elemento “A“ se concentra más en su núcleo. A estos efectos, nos parece importante subrayar que, contrariamente a lo que afirman la mayor parte de los científicos, todas las células del cuerpo humano, cualquiera que sea la categoría a la que pertenezcan , poseen un núcleo en su centro. Es un hecho que en algunas, principalmente las de los glóbulos rojos de la sangre, este núcleo no es visible, lo que no quiere decir que no exista. Sería como negar la existencia del aire debido a la ausencia de impresiones tangibles a nuestra vista. Como afirman todas las tradiciones místicas y confirman las experiencias efectuadas en los laboratorios, toda célula posee un centro energético, que puede o no presentarse bajo la forma de un núcleo visible. De hecho, ese centro es responsable de la actividad celular y constituye el núcleo de la consciencia individual de cada célula de nuestro cuerpo. Volveremos oportunamente a estudiar este punto, pero hemos creído importante insistir desde ahora en esta noción fundamental.

La Fuerza Vital, tal como se manifiesta en el interior de cada célula, y de manera general en todo nuestro organismo, obedece a la ley del triángulo; pues, como podemos ver, su actividad resulta de la unión de dos elementos de naturaleza contraria. En efecto, como acabamos de explicar, el elemento “A“ proviene del aire que respiramos; por su naturaleza es intangible o, dicho de otro modo, espiritual. Por ello le atribuimos una polaridad positiva. Por el contrario, el elemento “B“ nos lo proporciona el alimento y el agua que ingerimos, y es esencialmente terrenal, es decir material. Por oposición, lo consideramos de polaridad negativa. Al unirse estos dos elementos en el interior de cada una de nuestras células, producen una tercera condición, la actividad celular, que constituye la base fundamental de la vida orgánica propia del hombre y de casi todos los seres vivos. Por razones evidentes el núcleo de cada célula es de polaridad positiva, siendo negativa la de su membrana exterior. A continuación te demostraremos que entre ambas actúa continuamente un campo electromagnético, y que éste es el principal responsable de la vida celular.

La función de la Sangre.

La pregunta que seguramente podrías plantearte es saber dónde y cómo se produce la unión de los dos elementos “A“ y “B“ de la Fuerza Vital. La respuesta es sencilla: ocurre en la sangre. Cuando ésta pasa por los pulmones, los glóbulos rojos se saturan del elemento “A“ que absorbemos con cada respiración. Es cuando al elemento “B“, el plasma sanguíneo lo extrae por ósmosis a nivel del intestino delgado, pues ahí donde los elementos y líquidos diferidos pasan a la corriente sanguínea. Una vez cargada la sangre con esta doble vitalidad, se dirige a todas las partes del cuerpo para restituir a las células que componen cada uno de nuestros órganos es así que el conjunto de nuestro organismo recibe continuamente las polaridades positiva y negativa de la Fuerza Vital. Después de cumplir con su trabajo, la corriente sanguínea retorna al intestino delgado, para obtener nuevamente el elemento “B“ aportado por lo que comemos y bebemos; luego retorna a los pulmones para recibir otra vez el elemento “A“ contenido en el aire que respiramos. Por lo tanto, el objetivo principal de la circulación de la sangre es transportar los dos componentes energéticos de la Fuerza Vital hacia todas las células del cuerpo.

Las células de la sangre no están compuestas únicamente por glóbulos rojos, a los que la ciencia llama “hematíes“, contienen también glóbulos blancos, designados con el nombre científico de “leucocitos“, y cuya función principal es la de combatir y eliminar los microbios que han penetrado en el organismo. Así, el pus es el líquido blancuzco que resulta de la lucha entre los glóbulos blando y los gérmenes patógenos en caso de infección. Como su análisis muestra, se compone de los residuos resultantes de esta batalla. En algunos casos, se acumula en una bolsa y forma entonces un absceso. Es importante mencionar que los leucocitos son mil veces menos numerosos que los hematíes. Otros componentes de la sangre son las plaquetas, que cumplen un papel fundamental en la coagulación en casos de herida externa. En cuanto al plasma, que queremos recordarte toma el elemento “B“ de la Fuerza Vital a través del intestino, constituye el medio líquido en el que nadan los glóbulos y las plaquetas, que de por sí representan el 55% del volumen sanguíneo.

Parece evidente que la sangre circula por todo el cuerpo gracias a la acción continua del corazón. Sin embargo, hasta el siglo dieciséis los científicos estaban convencidos de que permanecía inmóvil en los vasos sanguíneos. Fue necesario esperar la aparición de los trabajos del Doctor William Harver (1578-1657). Si tienes la oportunidad, te sugerimos que consultes una enciclopedia o alguna obra referente a este gran sabio místico. Así podrás conocer algunos de los diversos experimentos a los que se consagró, para demostrar que la sangre circula por todo el cuerpo y que son los latidos del corazón los que la impulsan. También demostró que la corriente sanguínea sale del corazón por las arterias y regresa a él por las venas. Este hecho no carece de interés, ya que permite explicar porqué la sangre que llega al corazón tiene un color azulado, en contraste primeramente por los pulmones, donde recibe el elemento “A“ de la Fuerza Vital, el cual confiere un color rojo vivo a los glóbulos rojos.

Por todo lo que hemos dicho, podrás percatarte de la importancia que la función de la sangre tiene en el mantenimiento de nuestra vitalidad y, por lo tanto, de nuestra salud. Es debido a esta importancia por lo que ciertas tradiciones hicieron de la sangre la morada de la vida y, en ciertos casos, hasta de la propia Alma. Desde un punto de vista científico, ésta refleja exactamente el estado general de nuestra salud en un determinado momento. Es por eso que en el caso de enfermedad, cuando se presenta alguna dificultad en el diagnóstico, se procede frecuentemente a un análisis de sangre. Gracias a él, pueden definirse las anomalías funcionales u orgánicas que se encuentran en la base de casi todos los estados patológicos. Pero la información que el análisis de la sangre permite obtener, no se limita a las anomalías mencionadas. En 1900, Karl Landsteiner, biólogo austriaco, probó que la sangre difiere de un individuo a otro y que el conjunto de la humanidad se divide en cuatro grupos sanguíneos (A, B, AB, y O), cada uno de los cuales está definido por la presencia u ausencia del antígeno A o del antígeno B. Este descubrimiento tuvo consecuencias muy importantes, pues permitió establecer ciertas compatibilidades entre estos grupos, posibilitando las transfusiones sanguíneas que constantemente se llevan a cabo para salvar vidas humanas.

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